17.6.13

El buscador


El buscador es aquel que desea ver más allá de la superficie. Es quien en su búsqueda obtiene una satisfacción al encontrar aquello que esperaba hallar o algo opuesto pero escondido también. En una larga y apasionada búsqueda, el aventurero se encuentra con si mismo pero no antes de perderse. En el desafío de perderse, se logra la capacidad de encontrarse.

En la búsqueda se puede ver una gran contradicción. Somos y no somos libres. Somos libres en el sentido de que para iniciar la búsqueda no deben existir atamientos a la superficie o justamente el objetivo de iniciar dicha búsqueda, es desatar cuerdas que nos quitan la libertad de seguir buscando. No somos libres en el sentido de que a pesar de que nos encontramos o intentemos desatarnos, nos esposamos a la búsqueda hasta encontrar, como mencioné antes, aquello por lo que empezamos la aventura o algo diferente, pero que nos de placer de encontrar.

La libertad tampoco se obtiene una vez que finaliza la búsqueda, porque pretendemos que las ganancias o los resultados de esa búsqueda se apliquen a nuestras vidas. Una vez atados a la superficie, la libertad para el buscador es momentánea, temporal (como es la felicidad para el ser humano). Ésta se siente en aquellos momentos en donde la búsqueda no presenta dificultad alguna (escasos momentos), y también durante el tiempo breve entre la finalización de la búsqueda y la puesta en superficie de los resultados o ganancias.

Volviendo a las semejanzas entre la búsqueda, la libertad y la felicidad, se relacionan estos conceptos en un tipo de ser humano que abunda: EL BUSCADOR ETERNO. Aquel cuyos fines en cada búsqueda se dirigen al fin u objetivo supremo de encontrar y  alcanzar la felicidad que no sean momentánea ni temporal. Este objetivo mantiene vivo al buscador eterno. Lo mantiene en pie, luchando, con fe y deseos. En esta pseudo imposible lucha, el buscador eterno se frustra. Algunos abandonan la lucha (momentánea y hasta definitivamente). Lloran, sufren, se lastiman, se pierden, se encuentran, y por momentos, se desvirtúa el objetivo supremo. Se empieza a dudar y parece no valer la pena tanto esfuerzo.

El buscador eterno presenta otra contradicción interna. Es frágil porque por momentos pierde la fe en que su objetivo vale la pena y se frustra. Ha caído tantas veces en su aventura que su tez se vuelve más pálida, sus ojos, cansados y avejentados, y pierde la sonrisa. Pero la búsqueda para muchos de estos, vuelve a comenzar y empiezan de cero. Ésta fortaleza y capacidad para levantarse demuestra la fuerza interna del buscador eterno. Los hace parecer invencibles ante el resto. Son frágiles y fuertes por el mismo motivo: por haberse caído y levantado tantas veces. Su piel se vuelve más frágil, su energía comienza a escasear, pero muchos de ellos vuelven a ver la luz al final del túnel del esfuerzo, recobran fuerzas y se vuelven más fuertes, más grandes. La próxima vez que caigan, pensarán que todo fue una ilusión, que siguen siendo débiles y que no han crecido en el proceso. Pero, si lo han hecho. Cada caída nos enseña. Entre el momento en que nos debilita y el momento en el que recobramos la fuerza, hay una enseñanza que ninguna victoria podría dar. El que aprende es el que cae, no el que vive victorioso. Esto no implica que no debamos ganar. Esto significa que para obtener la victoria hay que recurrir a la sabiduría que nos dejaron las caídas.

No hay una fórmula secreta ni una hermandad de buscadores, pero muchos de ellos, muchos de nosotros, afirmamos que el secreto para no rendirse es focalizarnos en el objetivo aquel. En aquello que queremos encontrar. Y por sobre todo, en las sensaciones que creemos que vamos a tener una vez finalizada la búsqueda.