La historia comienza con un viaje. Shakespeare dijo alguna vez que así comienzan las grandes historias. En este caso, se trata de un relato bastante más humilde, más parecido a un ensayo que a una novela.
Era la primera vez que nuestra protagonista -a quién denominaremos con la letra B- realizaba un viaje de esta índole. Pocos días antes de viajar B había terminado por tercera vez a la relación que la unía con el primer mujeriego de su vida -el joven L-. Una vez más, sus inseguridades habían actuado como un detonador que precisaba de cualquier excusa para activarse. Dicen que para los desengaños amorosos -aunque sería una falacia llamar así a lo sucedido- no existe mejor cura que emprender un viaje.
La primer noche conoció a un hombre. No hay mucho que decir acerca de este hombre ni merece que se busque una letra del abecedario para identificarlo, lo importante es lo que sucedió después de un par de copas y un par de besos con el individuo. (Contextualicemos: hasta ese momento, B no tenía técnica alguna. No sabía usar sus herramientas y tampoco las identificaba. Se consideraba una persona "de valores", y había intentado durante ese último año hacer solamente las cosas que consideraba correctas. Aunque rara vez en su vida había manifestado celos, consideraba como máxima virtud de la especie humana a la FIDELIDAD, entendida hacia los otros y hacia una misma). Es por eso, que al momento en que su amante de esa noche le confesó que estaba en pareja, nos sorprendió a todos (y calculo que a ella misma también), la poca relevancia que le dio al hecho. Pero aún más sorpresivo, fue lo ocurrido la noche siguiente, cuando lo encontró a los besos con su novia, y lo descubrió reiteradas veces, mirándola libidinosamente a ella que se encontraba al otro lado del salón. B disfrutaba de esa imagen. No lo entendía. Definitivamente no entendía que parte de esa situación le producía un goce. Se sentía confundida, pero más que nada, terriblemente excitada.
B partió hacia un nuevo rumbo, y mientras pasaban los días, más distinta se sentía de aquella persona que había comenzado dicho viaje. Su confusión, el paisaje y un libro se unieron como piezas de rompecabezas en el día que determinaron que B dejase de pelear contra su naturaleza. Entendió que su escala de valores no eran más que prejuicios instalados en la sociedad, por lo que decidió abandonar esas prácticas y empezar a vivir su vida de la forma en la que ella quería vivirla.
De decidir cambiar a realmente hacerlo, hay un abismo. Cruzó muchas fronteras, transitó muchas rutas, abrió su cabeza, conoció gente nueva y, entre casualidades, conoció al segundo gran mujeriego de su vida -el joven Q-. Q era la compleja representación de la experiencia y el dolor: hábil, convincente y de una piel extremadamente cálida para ser de sangre fría. La dejaba en evidencia: evidenciaba la parte más inocente e ingenua de B. Q estaba en pareja, pero no dejaba de tomarla de la mano cada vez que ella lo precisaba. Ella podía llorar delante de Q y no por eso dejar de ser fuerte. B sentía que el la deseaba, pero no se terminaba de convencer del todo. B hacía todo lo posible para llamar su atención, pero no se la jugaba. Un día fue él quien decidió romper la ilusión de amistad y culminar tanto deseo de meses. Creo que B nunca en su vida tembló tanto como en ese primer beso, pero no por romántica, sino por ansiosa. Q le dijo que estaba en un impasse con su pareja, pero omitió decirle que esperaba un hijo con la misma. Cuando se enteró de esto último (y no por él), creyó que todo se desdibujaba y que el mundo se caía ante sus pies, pero la relación continuó, porque todo recobraba su color y su sentido cuando se encontraba con él. Ella seguía siendo una niña, y él, seguía siendo su debilidad. Fue hermoso y luego, trágico. Nunca entendió si estaba bien o mal lo que había pasado. Sólo sabía que no se arrepentía.
Pasó el tiempo y conoció otro hombre en pareja, que se volvía loco por ella. Esta vez, ella era la debilidad de alguien. El tercer mujeriego de su vida -N- era tan contenedor como mitómano. Con este último, B aprendió las técnicas para acelerar la obtención del deseo. También aprendió a manipular, y aunque tenía una habilidad innata para esto último, decidió que sería una herramienta que utilizaría solamente como último recurso.
Después conoció a un hombre malo, que le hizo tanto daño que durante un año la dejó desprovista de sus técnicas, desprotegida y con miedo. B ya no quería coleccionar. B no quería que nadie más la volviera a tocar. Pero, cuando volvió su libido, B volvió como nunca lo había hecho. Le gustaba tanto jugar que a veces le gustaba más el juego que el premio por ganar. Hasta que un día, la repetición la aburrió y cambió su juego. Ya no quería hacerse la inocente, como quinceañera juguetona. Quería ser la que se llevara a todos puestos. La "madama". La "experimentada". La que solo tuviera sexo, o una amistad, o amor, y que nunca esas tres cosas se dieran en conjunto. Hasta que conoció al cuarto mujeriego de su vida -C-. C le enseñó que ser coleccionista no estaba mal, siempre y cuando no se lastimase a nadie. Y por sobre todas las cosas, que cuando se trata de relacionarse con gente que está en pareja, la clave son tener reglas. REGLAMENTO OFICIAL: 1. Discreción 2. Nada de celos 3. Que nadie salga lastimado.
Se empezó a divertir tanto jugando con reglas que su colección aumentó a montones, y ella se enorgullecía de que todo fuese tan sencillo. Era considerada "mujer con experiencia" siendo discreta y nunca vociferando quiénes eran sus presas. Pero así como ganaba puntos de experiencia como en un videojuego, también se corre riesgo de perder vidas. Y eso sucedió cuando la expusieron y dejaron en evidencia a varios soldaditos que tenía en su haber. La juzgaban, hacían juicios de valor respecto a sus acciones. Hablaban de falta de códigos, ética y moral. Violaron su intimidad. La manosearon sin consentimiento. La dejaron desnuda sin estar caliente. Y no entendieron que, una vez que aprendió a jugar con reglas, y en cuanto se tratara de relaciones carnales con los otros, B nunca lastimó a nadie.
Actualmente, B se lo toma con calma. Piensa que el problema no son las reglas, sino, con quién se juega. Por eso, se ha vuelto selectiva, paciente y hostil ante cualquiera que le exija jugar sin reglas. B sabe que cuanto más alejado se encuentre el sexo del amor, más oportunidades tendrá de no lastimar ni salir lastimada.
El amor es debilidad, carencia de garantías y vivir en base a fantasías. El sexo es poder, reconciliación con el cuerpo y vivir en base a deseo.
Pasó el tiempo y conoció otro hombre en pareja, que se volvía loco por ella. Esta vez, ella era la debilidad de alguien. El tercer mujeriego de su vida -N- era tan contenedor como mitómano. Con este último, B aprendió las técnicas para acelerar la obtención del deseo. También aprendió a manipular, y aunque tenía una habilidad innata para esto último, decidió que sería una herramienta que utilizaría solamente como último recurso.
Después conoció a un hombre malo, que le hizo tanto daño que durante un año la dejó desprovista de sus técnicas, desprotegida y con miedo. B ya no quería coleccionar. B no quería que nadie más la volviera a tocar. Pero, cuando volvió su libido, B volvió como nunca lo había hecho. Le gustaba tanto jugar que a veces le gustaba más el juego que el premio por ganar. Hasta que un día, la repetición la aburrió y cambió su juego. Ya no quería hacerse la inocente, como quinceañera juguetona. Quería ser la que se llevara a todos puestos. La "madama". La "experimentada". La que solo tuviera sexo, o una amistad, o amor, y que nunca esas tres cosas se dieran en conjunto. Hasta que conoció al cuarto mujeriego de su vida -C-. C le enseñó que ser coleccionista no estaba mal, siempre y cuando no se lastimase a nadie. Y por sobre todas las cosas, que cuando se trata de relacionarse con gente que está en pareja, la clave son tener reglas. REGLAMENTO OFICIAL: 1. Discreción 2. Nada de celos 3. Que nadie salga lastimado.
Se empezó a divertir tanto jugando con reglas que su colección aumentó a montones, y ella se enorgullecía de que todo fuese tan sencillo. Era considerada "mujer con experiencia" siendo discreta y nunca vociferando quiénes eran sus presas. Pero así como ganaba puntos de experiencia como en un videojuego, también se corre riesgo de perder vidas. Y eso sucedió cuando la expusieron y dejaron en evidencia a varios soldaditos que tenía en su haber. La juzgaban, hacían juicios de valor respecto a sus acciones. Hablaban de falta de códigos, ética y moral. Violaron su intimidad. La manosearon sin consentimiento. La dejaron desnuda sin estar caliente. Y no entendieron que, una vez que aprendió a jugar con reglas, y en cuanto se tratara de relaciones carnales con los otros, B nunca lastimó a nadie.
Actualmente, B se lo toma con calma. Piensa que el problema no son las reglas, sino, con quién se juega. Por eso, se ha vuelto selectiva, paciente y hostil ante cualquiera que le exija jugar sin reglas. B sabe que cuanto más alejado se encuentre el sexo del amor, más oportunidades tendrá de no lastimar ni salir lastimada.
El amor es debilidad, carencia de garantías y vivir en base a fantasías. El sexo es poder, reconciliación con el cuerpo y vivir en base a deseo.